La creación
Yo te traje al mundo.
Te planeé por años y te imaginé en un sinfín de ciudades. Me aprendí tu sonrisa con diferentes intensidades de luz y le delegué misiones a tus ojos a mi sola conveniencia; te invité a mi mesa, te tomé por sorpresa, te pedí que me dejarás darte todo.
Yo te traje al mundo. Te puse muchos nombres, te inventé una casa y una historia que me gustara escuchar, te llamé dormida y te soñé de día. Te rompí promesas y facciones, te moldeé de acuerdo a los dolores que pudiera soportar mi cuerpo, te hice a semejanza de todo lo que creía merecer.
Yo te traje al mundo, te odié por lo que tardabas y te ahuyenté siempre que decidía no estar lista. Te cambié la ropa y el concepto del amor que dura. Creí que debías ser locura, lujuria y eternidad. Me equivoqué y te replanteé. Te puse condiciones y te quité uno que otro defecto imperdonable. Te pedí que no lo hicieras ver difícil, que no me hicieras sentir imposible de querer.
Yo te traje al mundo, me desvelé ensayando nuestros besos y jugué a adivinar la temperatura de nuestra habitación. Te hice entusiasta de mis ritmos y adepto de mi silencio; te hice caliente, valiente, creyente de una voluntad compartida que nos hiciera sentir menos incomprendidos, menos indiferentes, menos solos.
Así es como releerte en épocas en las que sentía perderlo todo, me salvó de quererte encontrar en otros versos que escribía desesperada. Porque en los días más difíciles y en las cartas más entristecidas y en el recuerdo más desalentador, encontraba siempre la manera de invocarte.
Por eso estás aquí: Porque te pedí en mis letras, amor, con todo mi sentimiento, con toda mi realidad, con todas mis fuerzas.
Ruth Xilotl
Por arte al amor
De ti se sabe que ríes fuerte y tiendes la mano. Que consuelas con silencios, que guardas secretos y regalas momentos que los más audaces coleccionamos para confirmar que es de idiotas no quedarse junto a ti. A veces no estás, y cuando no estás me vuelves verde que se escapa de las raíces del hogar para alcanzar aunque sea un suspiro de tu luz. Me vuelves necia y más cuando te burlas diciendo que antes de ti ya lo era. Me estiro, me extiendo por todo el atardecer y el tiempo es nada y mis ojos están repletos de lo que recuerdo que es tu piel; te busco y me aterra haber olvidado tu último sueño, la humedad de tu boca cuando me ves desnuda, el instante a cámara lenta en que cierras los ojos y me aprietas el cuerpo. Te busco y busco tus modos: Tu modo de ser pared, tu modo de ser abismo. De ser montaña que neva y ríe con el sol aliado que derrite mis impaciencias y mis complejos. Te amo por hábito, querido, porque entendemos bastante de nosotros mismos cuando un día nos brota sin esfuerzo el beso que vamos a querer dar toda la vida. Te amo por práctica, por diversión, por adicción a la confianza, a los trayectos largos, a tus aguas de sabor. Te amo más que por amor al arte: Te amo para morarte, para asilarte, para cantarte. Querido, te juro que tienes los días contados más hermosos que he visto. En las mañanas cuando froto despacito mis pies para animar al resto de mis partes, me animo con algo nuevo y reniego las horas y tropiezo con todo. Y te siento tibio a mi lado como debe sentirse el descanso en una casita de verano, como debe sentirse el corazón cuando se asombra con la esperanza y la justicia bien lograda.
Ruth Xilotl
Hoy al platicar con una amiga acerca de lo que sería nuestra vida si regresáramos al tiempo 11 años, descubrí que, a diferencia de ella, yo no era capaz de empatizar con lo emocionante de la idea, no me invadió la nostalgia de forma violenta ni deseé algo que no tuviera ya.
Hace 11 años convivía con personas que a pesar del ir y venir de las rutinas, jamás aprendimos a hacernos bien; sufrí por no tener el apoyo que creía necesitar para dedicarme a lo que más me gustaba y no entendía lo que era padecer por algo que me faltara o esforzarme para valorar lo que me ganaba. Hace 11 años bailaba diario y comía sano, dormía bien, sonreía sin complejos en todas las fotos y casi siempre me gustaba cuando contemplaba el reflejo de mi cuerpo.
Mi amiga dijo que hace 11 años habría dado mucho amor, que tendría clara idea de quién era. Yo respondí enseguida que eso no contaba, que era fácil porque a esa edad lo único que queremos son ganas de que nos pasen cosas.
Pero luego paré, me quedé quieta de golpe y pensé. No, las ganas yo ya las tenía, lo que quería era que se me quitaran, que las cosas me dejaran de pasar.
“A esa edad” ya me había ido una vez de mi casa, ya había tenido dos primeras veces en dos camas y ciudades distintas, ya me habían dejado por alguien más bonita, ya había decepcionado en grande a mi madre, ya le había rogado a alguien para que se quedara a mi lado, ya le había pedido a dios no ser quien era, ya había dicho mentiras horribles, ya había llorado mi primera eternidad que terminó enseguida, ya había coqueteado con hombres mayores, ya había perdido un montón de amigos. Ya había hecho mi primera promesa a mitad de un concierto, ya había dejado que me tocaran con tal de sentirme deseada, ya había guardado un secreto que escandalizaría a todos y ya había escrito mi primer cuento sobre relaciones prohibidas.
Entiendo ahora lo que dice mi amiga, añorar la simplicidad con la que pasábamos los días, sentir ligero el peso de las decisiones que no agobian porque parecen no trascender. No fui maltratada, no fui abandonada. No me faltaba nada, y sin embargo jamás estaría dispuesta a volver.
Yo hace 11 años no tenía ganas de que me pasaran cosas, lo que en realidad quería era que se me quitaran, ir despacio, aceptar con gusto los momentos de pausar, porque no tenía idea de adónde iba, pero todo el tiempo quería estar ardiendo al grado de consumirme para siempre un poquito, todo con tal de ser la primera en llegar.
Ruth Xilotl
Ojalá las mujeres que se jactan de no sufrir de problemas de sobrepeso u obesidad, en serio jamás tengan que padecer el horror que es no estar conforme con tu cuerpo. Ojalá fuera tan fácil como decir haz ejercicio, ponte a dieta, deja de comer. Que los días de mucha tristeza o mucha ansiedad o mucha ira, la comida no pareciera el mejor consuelo. Que cada vez que una persona se burla de mí, me llama de maneras que avergüenzan o se ríe de la ropa que me atreví a usar después de un buen rato de tortura frente al espejo, pudiera recordar a los que me animan diciendo “no hagas caso, ámate como eres”.
Me escondo en capas y capas de la misma ropa holgada que, concentrándome lo suficiente, me hace olvidar que todo lo demás en mi clóset no me queda, que nada se me ve bien. Lo he querido resolver tantas veces como tal vez ustedes también recuerdan, vivo de la nostalgia que me provocan mis fotos de hace años, lo pienso dos veces y lo intento 30 antes de tomarme una foto en la que se oculten mis defectos lo suficiente como para callar a las voces en mi cabeza diciendo que hay mujeres más bonitas, selfies más agradables, vestidos que yo nunca podré lucir.
La batalla es real, a veces pasas días comiendo casi nada con la ya informada pero necia esperanza de que haga alguna diferencia, otras llevas el régimen al pie de la letra pero llegas a tu casa a llorar la sensación de haberte muerto de hambre, otras te convences de que no importa, que comer te hace sentir bien, y comes todo, a cualquier hora, en cualquier lugar. La batalla es real, las mentiras se escuchan a todas horas del día, puedes justificarte pero también puedes culparte y también puedes dejar que otros opinen sobre tu cuerpo y aunque te duela, les darás la razón.
Hay días muy buenos, días en que encuentras motivación en los planes de las próximas vacaciones, la preocupación por tu salud, la blusa que te compraste pero aún no te va, la ilusión de volver a bailar, la idea de todo lo que en tu vida podría ser diferente, y hasta los comentarios hirientes, las fotos que te exponen, la envidia que te corroe al ver a otros.
Pero también hay días en que quieres dormir y levantarte sólo a ver qué pedirás de comer, días en que el ejercicio físico es impensable e incluso maquillarse y peinarse se siente inútil si de todos modos con nada te vas a agradar. Esos días son los más, en los que dices estar cansada de no gustarte pero no logras lidiar con lo que tendrías que hacer, en los que escuchas a mamá llorar después de verte comer, en los que evitas conocer gente nueva y procuras mantener tus compromisos sociales guiados por tu bajísimo perfil para no tener que preocuparte por la audiencia que imaginas te juzga cuando te sirves doble o te sientas y te estorba tu propio cuerpo.
Sé que tengo un problema, que mucha gente se animará a decir que es cuestión de voluntad, de decidirme y cambiar mi estilo de vida, les juro que si para mí fuera eso, si yo tuviera esa fuerza de la que hablan no estaría por terminar mi sexto año de ser ésta. Es desagradable y es triste y es decepcionante tener la solución al alcance de una decisión definitiva que no me atrevo a tomar, es decepcionante para mí y para muchas que seguro luchan con lo mismo todos los días. Pero mientras logramos hacer algo al respecto es nuestro purgatorio, no aceptarte como eres, no cambiar por quién quieres ser.
Al día de hoy, creo entender por fin por qué estoy tan enojada conmigo misma como para castigarme así, como para insistir en no gustarme. Amo comer, desde que era delgada y me sentía hermosa, no es sólo eso, mi problema no radica en la satisfacción que me da la comida (que por cierto es enorme). No, no nos justificamos, sólo lo sabemos, lo sentimos; por eso son innecesarias sus risas y sus ofensas, les juro que suficiente tenemos con las voces en nuestro interior recordándonos todos los días las mil cosas que están mal cuando nos miramos al espejo, deseando que esa vez, por última primera vez y antes de que para nuestra salud y nuestra estima sea demasiado tarde, nos hartemos de estar conformes con las etiquetas y la vergüenza y la desidia y la falta de valor.
-Ruth Xilotl
No me digas que no pasa nada. No me digas que no tenga miedo. No me digas que depende de mí. Nos están matando, nos están entumiendo y nos quieren callar. Nos persiguen, nos acorralan, nos mutilan desde adentro y le cambian el nombre a la porquería que hacen con nuestros cuerpos. Le cambian el nombre y nos culpan después.
No me digas que no pasa nada, no me digas que no tengo qué temer, los mismos chicos de siempre son los que ríen y guardan silencio en complicidad siguiéndome con la mirada cuando voy pasando a su lado hacia el trabajo, y luego otros me intimidan en el transporte público con sus sonrisas inadecuadas y otros más se creen que por el simple hecho de tenerme demasiado cerca me pueden incomodar.
No me pidas que no tenga miedo, he renunciado a mi tranquilidad a cualquier hora y en cualquier lugar si estoy sola, cada paso que doy fuera de casa es una plegaria, cada sensación de angustia que me provocan los lugares nuevos es una historia de terror. De ese que se vive cuando tu hija no ha llegado a casa o tu madre no responde el teléfono o tu amiga sale con desconocidos o tu roomie se va de viaje o tu hermana vive lejos, es media noche y no sabes dónde está. De ese que sientes cuando le dices “si te pasa algo, me muero” y no puedes asegurar que no te matarán a ti primero. De ese que sientes cuando tu colega te cuenta lo que le pasó el fin de semana y todas en la oficina se identifican al final, de ese que persiste aunque queramos seguir con nuestras vidas, salir, bailar, tomar, conocer gente nueva, ir a la escuela, aprender cosas y terminar sin proponértelo siendo alguien que vive a merced del peligro y las amenazas, que vive desconfiando como principio primero y llega a llorar la impotencia porque la ciudad es muy grande y no hay manera de mantenernos a todas con bien.
De ese terror te hablo cuando te digo que lloré por una mujer que ahora está muerta, que dicen “haberla hallado sin vida” porque decir que la mataron es pensar en todas las demás, pensar en sus familias, en sus carreras, en lo que les gustaba hacer con la gente que las hacía sonreír, en sus virtudes que ahora nadie podrá disfrutar. Decir que nos están matando es aceptar que están cruzando los brazos, que están apostando nuestra libertad, que nos responsabilizan por tener que vivir intranquilas, y que si miras hacia cualquier lado, incluso pareciera que es normal.
Y no es normal, estoy aterrada, lo acepto sin vergüenza pero con la voz quebrada; así que no puedes decirme que no tenga miedo, no puedes decirme que no pasa nada, porque no puedes prometer que no seré yo después.
Ruth Xilotl
aquí viene
la tormenta
del monstruoso
momento
rozándonos
en el metro
antes de empujarnos
para transbordar
a otro color de día
al gris
que siempre
me pedías
cada que te
deprimías
con un cigarro
mojado
en la boca
aquí viene
la tormenta
que lavará las calles
en donde dormimos
durante del derrumbe
durante los cadáveres
en tumbas
multifamiliares
con los topos
arañándote las piernas
después de tres
four lokos
dices
que ya no los
recuerdas
que los olvidaste
que siempre entierras
a la gente que intenta
salvarte
aquí viene
la tormenta
con lluvia ácida
para que abras la boca
te vuelvas una nube
a punto de soltar
el agua negra
en esta manchada cama
mientras duermes usando
mi playera de pijama
antes de despertar
con ganas
de ahogarme
con tus nalgas
mirando
sin calzones
por la ventana
cómo viene la tormenta
abrázame cuando
las goteras nos inunden
de esas porquerias perfectas
a la luz de la pantalla
bañada en drogas
de mi computadora
cómo
te vuelves
una bengala
entre la sombras
cómo
me dijeron
que tú no eras
de esas morras
aterradoras
y ahora sé que eres
la tormenta que viene
con tu nombre
que no se detiene
y se imprime sobre cada
contacto al que acudo
para salvarme de
la tormenta que viene
la persona estrepitosa
que eres
y que me dejará desnudo
sobre la calle
líquida como mercurio
después de la tormenta
que viene
la gente comentará
que siempre fui tuyo
que tronaron las ventanas
que se coló el agua puerca
que se ahogaron
los motores del encanto
que siempre fui tuyo
que siempre fui la ciudad
y tú el lago
recobrando
el terreno robado
por la humanidad.
Me hubiera gustado conocerte en la época en que bailaba Bohemian Rhapsody y olvidaba quitarme los zapatos en donde sólo se debía andar descalza. Me hubiera gustado conocerte cuando aprendí a decir “cautivar” con las manos, cuando escribí mi primera carta en braille, cuando calenté con el Sufro, Sufro, Sufro y los ojos vendados. Me hubiera gustado conocerte cuando no me gustaba el café, llevaba a mis amigos al teatro y lloraba en el balcón de la casa donde crecí. Me hubiera gustado conocerte cuando descubrí a Ginsberg, cuando las películas aún no me salvaban de lo que no me había pasado o cuando empecé a escribir para tener adónde volver cuando no recordaba qué me había dolido. Me hubiera gustado conocerte en Acapulco en mi bikini café y con mis tatuajes de henna, o en Oaxaca tomando fotos en los mercados, o en Mérida para compartir una de esas banquitas para dos. Me hubiera gustado conocerte cuando vestía faldas rosas, blusas ajustadas y chanclitas horribles para ir a clases, o cuando me sentaba en el piso rojo a leer con el fleco tapándome la cara, o cuando me dejaba tomar fotos de cuerpo completo en medio del movimiento estudiantil. Me hubiera gustado conocerte en mi primera cerveza fatal, en mi primera tarde de Rummi, en mi primera noche de no llegar. Me hubiera gustado conocerte cuando fui bailarina asesina, bailarina zombie, bailarina animal. Bailarina judía, bailarina bruja, bailarina hindú. Me hubiera gustado conocerte en un parque, en un jardín o bajo un árbol muy viejo, con los headphones de muchos colores conectados al iPod Classic para escuchar las mismas dos canciones de música africana todo el día, renegando por no saber usar tacones, renegando por haber dejado de nadar. Me hubiera gustado conocerte en los tiempos del tecito con chipi-chipi, los primeros conciertos y las últimas amigas; en los tiempos de los aretes de corcholata, las trencitas de hilo y las pulseras en los pies, en los tiempos de mi primer personaje de novela favorito, en los tiempos de Emilia y Daniel y el doctor al que no amaban de verdad.
Me hubiera gustado conocerte antes. Me hubiera gustado conocerte bien. Me hubiera gustado conocerte ayer.
Ruth Xilotl
Tengo aprendido el ritual de no estar preparada para su manera de quererme cada mañana, despertamos a diario en abrazos que parecieran sentirse siempre más cálidos, me dice cosas muy cerca de la boca para que no pueda aguantarme a besarle las gracias y me mira como llevándome sin esfuerzo al momento en que decidimos no dar vuelta atrás.
Es así desde que llegó y a veces cada vez un poquito más, estoy con él y no debo prepararme, no es necesario pensar en lo que voy a hacer. Estoy con él y todo me conmueve hasta el llanto y a todo lo de siempre le descubro algo nuevo que me puede asombrar. Estoy con él y siento que no voy a morir nunca, que lo que sentimos nos mueve, mueve todo y lo hace grande, indiscreto, difícil de negar.
Ya no me pregunto si lo que hago tiene madera de ser suficiente para lo que él merece, y la verdad es que ya había olvidado cómo es cuando te hacen sentir que eres fácil de amar. Entiendo por qué se queda y tengo bien claro por qué me quedo yo. Lo vale porque yo quiero que lo valga, porque todos los días su manera de cuidarme me hace fuerte por si un día me hace falta y porque comprende que mis emociones son imposibles de esconder, las reconoce como esenciales para saberme bien y encuentra maneras hermosas de hacerse amar con todas. Con todo lo que aún no siento. Con todo lo que defiendo que soy.
Ruth Xilotl
No me lo preguntó. Desde el otro lado de la sala me miró varias veces mientras hablaba en voz baja con un chico delgado; aburridos, obvios, casi indiferentes. Apenas y veían los cuadros, apenas y tenían qué decir. De repente se esforzaba por ser discreto, de repente sentía que me atacaba con toda su sonriente curiosidad. No me lo preguntó pero yo quería decírselo; parecía cansado, probablemente a mí tampoco me hubiera puesto atención, caminaba lento y bastó seguirlo con la mirada unos minutos para notar la sincinesia repetitiva con la que trataba de acoplarse al ritmo de la gente que estaba por gusto ahí.
Yo no tenía prisa, pero ya llevaba demasiado tiempo en el lugar, tomé un folleto que me dieron en la puerta y salí a llamarle a mis amigos para decirles que los alcanzaba en un rato. Ese día era de vernos, teníamos semanas de no coincidir. Terminé la llamada que duró casi nada y sentí cómo alguien se acercaba a mí por un costado. Sabía que era él, contuve el impulso de voltear enseguida y me concentré en el cosquilleo ahora familiar que había experimentado cuando lo descubrí mirándome por primera vez. Me gustaba. Quería decírselo cuanto antes, pero no me lo preguntó.
Me llamó por mi nombre y me tomó por sorpresa, no tuvo problema en explicarme por qué. Me dio risa pero lo creí, con mi generación siempre hay que esperarlo todo aunque parezca que regresas a casa con la dignidad atropellada o las manos vacías. Nunca es así. Paró un taxi y me apresuré a abrir la puerta y ser el segundo en subir, pasó muy cerca de mi boca, su camisa rozó mi antebrazo y quise tomarlo por la espalda, intimar ahí mismo de esa manera que pocos perciben, que lo supiera y se arrepintiera a tiempo si quería. No quiso. Hablamos poco en el trayecto, cerca, bajito, como si ya nos estuviéramos haciendo confesiones, contando secretos de los que ya no íbamos a poder volver.
Los cuerpos no tomaron atajo alguno, se fueron acercando por el camino habitual a lo largo de la noche. Encontramos un espacio reducido con poco ruido cerca de un balcón; hablamos mucho, conocimos gente, estuvimos en desacuerdo y llamamos a nuestras coincidencias generales con otros nombres. En ocasiones hasta acomodé mis palabras para orillarlo a vulnerarse. Y no, no me lo preguntó. El contacto era mínimo en frecuencia, pero limpio, honesto, tajante, casi delatador. Tomamos una última cerveza en silencio, me parecía imposible todo, o al menos poco probable: estar ahí, compartirme, gustarle, hacerlo que se quedara otro rato, dudar de repente pero terminar creyéndole absolutamente todo. Sus tatuajes a la vista me tenían intrigado, uno en especial, con el que parecía querer dejar algo claro, que no hubiera cabida para el desencanto, esto es lo que soy, advertidos estamos.
Era la una de la mañana cuando salimos de la fiesta, caminó hacia cierta dirección con tanta seguridad que no dudé en seguirle, dijo cosas que juntas lograban convencerme aún más de que no quería estar en ningún otro lugar, palabras hermosas que sonaban todavía mejor si imaginaba que las decía envolviéndome en su boca. Llegamos a su casa y lo que todo ese tiempo me había parecido una ruta desconocida, entró de golpe al rincón de mi mente donde guardo mis rutinas, conocía la calle perfectamente, la transitaba todo el tiempo, sabía incluso el orden de los colores de cada construcción. Y él había estado ahí todo el tiempo, tras esa puerta, en ese patio, viendo por la ventana de esa habitación. Quise que lo supiera enseguida, entendí que no iba a preguntármelo en toda la noche, pero estaba dispuesto a callar las respuestas si eso me permitía besarlo como tanto ansiaba; subíamos las escaleras cuando di el primer paso, él lo esperaba justo en ese instante, su lengua estaba lista, sus manos estaban listas. Lo supo siempre, lo aguantó tanto como yo.
El beso no acababa, se movía, se mojaba, se trasformaba. Iba creciendo, se desarrollaba en varias partes pero no paraba. Era suave, era húmedo, era sangriento, dulce y certero. Era cruel. Nuestros cuerpos se coordinaban, se defendían, se peleaban. Se buscaban los puntos débiles, se convidaban, se hacían más fuertes. El tatuaje no mentía, yo lo había interpretado bien, no sabía en qué momento terminaría, pero lo besé como quien se prepara sin evidencia para lo peor.
Y no llegó, el contacto se atenuó pero renunciaba a la extinción, llegamos a la cama aún tomados de la mano y con desenlaces en mente bien definidos, distintos, pero cada uno bastante detallado. Me quitó la ropa y por un momento creí que me había equivocado, lo hizo lento y bien, haciendo uso de esa delicadeza que se confunde tan fácil con sentimiento que se vuelve inolvidable. Me pidió que me acostara, que cerrara los ojos: la noche dio un vuelco, pensé, y solté una risa atascada de miedos y perversiones, interrumpidas al instante por su cuerpo tibio, desnudo. Me abrazó muy fuerte, me acomodó en sus bordes y no volvió a mirarme a los ojos. Sus manos ásperas fueron apagando uno a uno los quejidos de excitación que habían nacido por todo mi cuerpo: no como esperaba. Me hice de su sudor liviano y del sonido ordinario que hace la piel cuando se acaricia, me fui rindiendo a la posibilidad de no tenerlo junto al despertar y nuestra respiración entonces empezó a apaciguarse hasta convertirse sólo en un acto reflejo que nos mantendría vivos y aparte. No volvería a verlo, no volvería a dormir con él. Busqué decírselo toda la noche, pero él simplemente nunca tuvo intención de saberlo.No me lo preguntó.
Qué aburrido, qué obvio, qué terrible y típico de mí.
-Ruth Xilotl
Los oportunistas
Contigo todo es motivo de un beso.
O más de uno si tenemos vista al mar,
o si llueve y nos quedamos en casa,
o si no puedo dormir. O si no quiero.
Contigo todo es motivo de un beso.
Por las mañanas con tu café reglamentario,
a medio día cuando cruzamos calles,
o de madrugada entre caricias sin edad.
Contigo todo es motivo de un beso.
Un par si prolongamos las despedidas,
cuatro o cinco en lo que llegamos a la cama,
más de siete si estamos contentos en las fiestas y entre risas nos paramos a bailar.
Contigo todo es motivo de un beso.
El cansancio,
la tristeza,
el amor.
La anécdota después de unas cervezas con los amigos,
una disculpa por algo que realmente no ofendió a nadie,
la conciencia de atestiguar algo juntos por primera vez.
La ternura con la que hablamos del futuro,
la seguridad con la que hacemos de cualquiera el momento idóneo,
el descaro de nuestra premura por quedarnos solos.
Contigo todo es motivo de un beso,
como el pacto que esperé hacer por tanto tiempo
o este consenso invisible de seguir creyendo en motivos para besarnos más.
Ruth Xilotl
Quiero que sepas que hoy he pensado en tu muerte.
La idea me ha tomado por sorpresa en medio de una conversación sobre cumpleaños
y me impactó como bala de salva disparada desde bien adentro.
No hizo el daño que quería. Pero hubiera podido.
Se me enrojeció el pecho escandaloso e imaginar tu ausencia me ardió en lo más profundo de nuestros días juntos.
Me dije que aún no eran suficientes y sacudiendo violentamente la cabeza cerré los ojos tan fuerte que la imagen se enclaustró justo detrás de ellos.
No era mi intención pensar en esa llaga inevitable,
pero ya que estoy en eso, también quiero que sepas que me aterra,
que conociéndome voy a optar por la locura,
que voy querer quedarme con tus últimas ropas
y voy a aferrarme a todo lo que tenga tu olor.
Que esconderé cualquier signo en tu cuerpo de que hayas sufrido
y reclamaré la última sensación de calor en tus manos para secar mi llanto.
Que también me dará miedo olvidarte,
que me traicione la supervivencia y todo eso que te sé de memoria
se convierta apenas en la versión rebajada de lo mucho que te quise,
que olvide haber jurado mil veces que esta pasión nos haría inmortales,
o que olvide, por ejemplo, que un día me dio tanto miedo perderte
que no tuve de otra que matarte.
Ruth Xilotl
Ahogué gritos. Muchos.
Con la vehemencia de alguien que nunca antes se ha sentido solo, perseguí sombras que se descosían de mis talones en medio de mis noches jóvenes. Me acostumbré al mito innecesario de ignorar lo irreconciliable, siempre que a cambio me abrieran su corazón a ratos contados, de esos suficientes para romantizar la insatisfacción de lo bien soñado.
Me enamoré, a veces me correspondieron.
Me escapé y casi todos me olvidaron.
Me admiraron y me condenaron.
Me juzgué por victimizarme y culpar a otros, me reproché por escribir del amor y no entender lo que es luchar por él.
Huí de casa, le inventé tanto encanto a algunos vicios que terminé haciéndolos míos, cerré los ojos a las verdades y a los amigos, me volví necia y demasiado incauta.
Convalecí.
Permití que se me acumularan las falacias, que punzaran incesantes hasta romperme la certidumbre de algo bueno. Me cansé, anduve por los lugares habituales concentrada en normalizar el dolor, lloré acompañada y no le dije a nadie.
Dejé de intentar, creé personajes con finales perfectos y historias resignadas a no poder ser. Encerré mis ideas románticas en el rencor que me tuve por todo el tiempo que me tomó castigarme para perdonarme después. Y así fui perdiendo la certeza de mis propias penas, como si los detalles lacerantes se hubieran cansado de acecharme y por fin me fuera concedido de vuelta el poder de creer.
Supongo entonces que los gitanos de repente tienen razón en no desear “felicidades” sino “malos principios”, porque creen más en lo que te enseña una decisión terrible pero a tiempo, que una burbuja impenetrable de prosperidad; te da permiso de reconsiderarte, despabilarte y volver a empezar.
La vida ideal debe mancharse. Los malos principios deben pasar. Yo los tuve, los amé y los protegí. Todo para lograr vislumbrar de a poco el lado amable, todo para que después de tanto, tú pudieras encontrarme.
Ruth Xilotl
Llevo a cuestas el tiempo,
no me pesa
se sufre rico,
como la música ajena que siempre es muy alta pero imposible de no bailar,
como tu figura que me hace chispas el cuerpo al verte de lejos,
o el sabor dulce de tu lengua cuando dejas de besarme.
Somos la misma tormenta que nos da refugio,
el desastre ansiado,
la calma que desquicia de muchas maneras correctas.
Tenemos acuerdos y tenemos llaves a sueños secretos,
nos curamos con caricias,
nos dormimos agradecidos.
Estamos en resguardo de nosotros mismos,
nos conocemos las armas y las heridas,
pienso en lo que podría volver a sangrar,
pero lo olvido apenas nos miramos al espejo y no es necesario coser al instante los gestos deseados.
Lo somos,
con todo y que el número implica bastante,
con todo y que allá afuera parecen creer cada vez menos y atacar cada vez más.
Ruth Xilotl
Los entusiastas
No te cansas de arruinarles finales,
de reciclar mentiras y romances,
de jurarles que las recordarás bien,
que cuentan contigo, que son como nadie.
No te cansas de tus rutinas sucias,
de dejar que te quieran hasta que quieras,
de encontrar las salidas menos discretas
para huir adonde sabes que no irán por ti.
No te cansas de quebrar buenas voluntades,
de decirles que son canciones hermosas,
de cantarles olvidos convenientes
para las culpas que siempre logras repartir.
No te cansas de presumir tus heridas,
de llevarlas de adorno a cualquier futuro,
de enjaular encantos fuera de ti mismo,
y enterrar entre sus piernas lo sólo que estás.
No te cansas de llegar tarde siempre,
de pedir deseos después de la hora debida,
de lograr que a diario pasadas las once
todas interrumpan su vida para pensar en ti.
No te cansas de besarlas y enfermarlas,
de pretender que te ofende el mal en el mundo,
de taparles la boca con tu machismo moderno,
de arrastrarlas a la porquería que se vuelve creerte.
No te cansas de hacerles lugar en tu cama,
de inventar mil formas de tener la razón,
de extrañarlas cuando te falta a quién juzgar,
de hacerles ver que no te importa su dolor.
No te cansas de amar como haciendo favores,
de decirles que con ellas casi no quieres morirte,
de dar lástima más que recuerdos valiosos,
de convertirte en el error que nadie vuelve a cometer.
No te cansas de contar la historia a medias,
de ser una carga en lo que logran olvidarte,
de pensar que eres bienvenido en vez de pasado,
y de fingir que no te das cuenta que les va mejor sin ti.
-Ruth Xilotl
